El tiempo vuela

By Alú Rochya - outubro 27, 2021


 ◢  Alú Rochya 

¿No tienes la sensación de que el tiempo está corriendo más veloz? Como si la parábola de nacimiento, apogeo, decadencia y muerte que marca la existencia de todas las cosas hubiese ganado en fugacidad. Como si las sombras de la noche apagasen más rápido la luz del día.  Un amigo me lo hizo notar hace un tiempo, al confesarme cierta desorientación frente a la liquidez de los hechos cotidianos: "la verdad, es que no sé adónde vamos, lo único que sé es que vamos muy rápido, tan rápido como nunca vi...".

Hoy, casi todos declaramos tener la percepción de que el tiempo vuela. Y parece sí, que está volando, el tiempo se está acelerando con los cambios en la denominada Resonancia Schumann.

Esa frecuencia es el compás de vibración de la Tierra, las pulsaciones de Gaia. Fue descubierta por el científico Otto Schumann en la década de 1950. Durante miles de años, ese "latido de la tierra" se ha mantenido estable en aproximadamente 7,8 hercios (hertz). Curiosamente, el hipotálamo de los seres humanos y del resto de mamíferos también tiene una vibración de 7,8 hercios. Según los que siguen y estudian la frecuencia Schumann, desde 1980 este pulso del planeta ha estado subiendo hasta alcanzar los 12 hercios de la actualidad. 

Del polvo venimos, somos tierra y por eso nuestras células también han acelerado su pulso para adaptarse al incremento de la resonancia global. Y de la velocidad de ese pulso depende nuestra percepción del tiempo. Como resultado de ese desfase, las veinticuatro horas del día, calculan, equivaldrían hoy a unas dieciséis.

Por eso el tiempo parece no alcanzarnos. Pero no sólo por eso. El denominado tiempo social también se ha acelerado. Por una parte la tecnología ha multiplicado exponencialmente los contactos entre seres humanos y con ello imprimió velocidades inéditas a las decisiones, los movimientos, los encuentros y las despedidas.

Por otra parte la carrera por la ganancia de dinero ha llegado al paroxismo y la competencia se ha hecho feroz, sin lugar a la mínima distracción. Si te duermes una siesta, puedes perder fortunas en la timba de cualquier bolsa de valores. En febrero último el ricacho de Elon Musk perdió, en un lunes negro, la friolera de 15.200 millones de dólares en un ratito. Semanas atrás, fue la vez de Mark Elliot Zuckerberg, a consecuencia del apagón que sufrieran sus empresas digitales (Facebook, Instagram y Whatsapp) por donde se le esfumaron unos 6 mil millones de dólares en unas cinco horas.

Finalmente, el modo de promover mayores lucros es convertir todo en material descartable y así, el ir y venir de las cosas, el aparecer y desaparecer de la información alcanzan una celeridad inusitada.

En algún momento de su larga jornada el hombre percibió uno de sus mayores dones: el poder de la creación. Comprendió entonces que no sólo él y las cosas a su alrededor eran creadas sino que también él mismo podía co-crear. Y se animó con el barro y amasó por su cuenta; y esculpió una piedra e hizo un hacha; frotó una ramita en la piedra y encendió el fuego; más tarde construyó la rueda y pudo ir más lejos; sometió a animales, doblegó a las plantas, cambió el curso de los ríos. De a poco se sintió un dios. No el dios que realmente es, ese dios parcial, ese dios-parte, ese dios-tributo del espíritu universal sino otro, un dios más terreno pero con aires de absoluto, capaz de dominar la materia, hacerla y deshacerla.

Haciendo y deshaciendo, en los últimos 50 años el hombrecito-dios llevó al apogeo su increíble y portentosa civilización materialista. Con su canto de sirena engañó y convirtió a la sociedad humana y todas sus formas de organización y expresión en un enorme mercado. Ya todo es mercado, hasta lo inimaginable, como los sentimientos, los valores, las religiones, los sueños. Todo se puede convertir en mercancía. Todas las actividades, acciones, movimientos del ser humano, en todos los rincones del planeta.

Todavía las empresas contabilizan cientos de millones de consumidores "nuevos", potenciales. Ese consumo es de las mismas cosas o no-cosas consumidas hasta aquí y aunque esos consumidores ya fueron descubiertos y están siendo alcanzados alrededor del globo, lo cierto es que se ha llegado al punto de máxima expansión. Y con ella, se llegó a la cumbre, donde el hombrecito-dios ha sido poderoso y hasta pudo sentirse, fugazmente, feliz.

Pero detrás de la ilusión del eterno dominio con que engañó y se engañó, siempre supo -sabe- que en esta dimensión terrenal todo es finito, principalmente la materia. Y que después de llegar a la cima no hay otro lugar a alcanzar que no esté abajo. Y a pesar de que la desesperación lo lleva a subirse a cohetes espaciales, proyectar sus futuros escritorios en estaciones siderales. ilusionándose ahora con poder controlar todo a control remoto, el hombrecito-dios siente que ha iniciado, a regañadientes, el inevitable descenso. Mierda!

Desciende con todo el peso de su creación en la mochila. Por eso el descenso se hace veloz. Las crisis de su colorido sistema materialista se hacen más y más recurrentes y profundas y no encuentra otra respuesta que los mismos trucos que desembocaron en la crisis. Y ahí es cuando los Trumps de aquí y de allá se ponen furiosos. La fuerza de gravedad acelera el vértigo. La Madre Tierra se parte aquí y allá para recibir al hombrecito en un abrazo profundo que lo llevará a la muerte. Muerte que acabará con todo lo que fue el hombrecito y su creación y, generosa y eternamente madre, la Mamagaya le dará vida nueva, pariéndolo otra vez.

Mientras el hombrecito-dios se desmorona de su gloria de obsolescencia programada, el planeta ha iniciado un nuevo ciclo de vida, alineándose con los nuevos ciclos del sol y de nuestra galaxia. En esa armonización, se limpia de todos los daños y detritos generados por el fanatismo del hombrecito-productivista. Sentado en el cuero legítimo de su sillón Herman Miller de cuarenta mil dólares, el hombrecito da giros en sí mismo sin hallar una respuesta definitiva y sólo atina a apretar el acelerador apostando a la huída. La velocidad que impone al sistema de extracción-producción-consumo no alcanza para aventar la impotencia  para controlar terremotos, tsunamis, temporales, huracanes, heladas, sequías, esos modos brutales de expresión de la Mama Pacha, medium silencioso de un mensaje, que aquel hombre se niega a escuchar. No va más.

Tierra en transe, para decirle a ese hombre que el descenso desde el apogeo de la materia es en verdad una ascensión espiritual, la posibilidad de elevarnos en nuestro grado de consciencia. Es, como lo anunciaron los mayas, el fin de los tiempos. De los tiempos de absurda acumulación de riquezas, de abismales desigualdades, de libertad cercenada, de miedos, de egoísmos, de odios, de tanto sufrimiento y dolor, en medio de un paraíso que detenta los ingredientes de la felicidad al alcance de la mano de todos. Un contrasentido ridículo. No va más, querido.

Si será en la próxima crisis del 2025 o en una década o en 50 años más, da lo mismo, el resultado ya está decretado. En medio del caos, estamos dando los primeros pasos del  nuevo tiempo. La estrella del materialismo radical se apaga inexorablemente; su know how preferido, el capitalismo, se ha tornado obsoleto y se muestra absolutamete inepto para satisfacer las necesidades y aspiraciones de los casi 8 mil millones de seres humanos.

Y mientras el hombrecito-dios y su negocio se derrumban por allá arriba, nosotros, por acá abajo, vayamos preparándonos, con amor y mucha creatividad, para ser co-creadores del inicio de un tiempo nuevo, echando las raíces de una economía solidaria y una sociedad ecológicamente sostenible, promoviendo así el parto de la nueva civilización, un mundo donde quepan, felices, todos los mundos.✤

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