Soy yin, soy yang



Las aguas de un amplio, contradictorio, diverso, multicolor movimiento reivindicativo de la mujer y lo femenino se derrama imparable sobre el caleidoscópico mapa del mundo. Hasta en las geografías más recónditas y desafiando opresivas tradiciones de culturas milenarias, como el caso de Afganistán -hoy nuevamente bajo control del fundamentalismo talibán-, cojonudas mujeres se liberan del yugo patriarcal y empujan a la mitad de la humanidad a ocupar su merecido y necesario lugar en el escenario de la vida planetaria.

Como quienes las mantenían ocultas en los bastidores de las cocinas y las alcobas eran los humanos de sexo masculino, el movimiento feminista apunta sus arietes contra la muralla de conceptos, preceptos, costumbres, prejuicios y leyes levantada, siglo tras siglo, por los consensos establecidos entre los hombres. Y así, los machos son el blanco predilecto de la onda liberadora de las hembras.

Es comprensible. La civilización que hoy transita los vaivenes de su crisis terminal ha resultado un fiasco porque, entre otras causas, intentó hacer su largo camino prescindiendo de una de sus piernas, como un saltimbanqui rengo que, en la cuerda floja de la vida, careció del soporte imprescindible para ensayar su salto mortal. Y hoy agoniza, en el centro de la pista de un circo errante y decadente. Negando a una de sus partes, la humanidad se terminó negando por entera.

No se trata apenas de un conjunto de seres machos que niegan a otro conjunto de seres hembras. Es más que eso. Es la negación de los seres machos de su propia parte hembra. Es la negación de la aparición alumbradora de otras sexualidades y de otros géneros, donde el concepto básico de lo macho y lo hembra se desdibujan en misturas multicoloridas de un arco iris que no representa apenas al movimiento gay sino a la totalidad de los seres humanos.
     
Hacer de un arco iris un símbolo representativo de la diversidad de la vida y tornarlo bandera propia fue un acierto en lleno de las tribus gay. Hay una limitante necesidad del ego humano de clasificar todo para poder tener la ilusión de control (ahh, esto es esto y esto otro, lo otro, sí, sí, así entiendo). Esa obsesión se intenta aplicar, de manera absurda, inclusive a los fenómenos de la naturaleza como el caso del arco iris. Como la visión humana tiene una capacidad finita de distinción de colores y, en este caso, sólo consigue observar siete, terminamos creyendo que eso es así. Sin embargo, es bueno saber que, por ser un espectro de dispersión de luz blanca, el arco iris contiene una cantidad infinita de colores. Sin ninguna delimitación entre ellos, todo los colores son parte de un todo colorido. 

Como los colores del arco iris, sexualidades y géneros también son infinitos .Y esa bandera informa a nuestro inconsciente de esa infinitud. Para denominar al movimiento que hoy se presenta como LGTBQIA+ no habrá alfabeto que alcance.

Masculino y femenino, como hombre y mujer, son construcciones culturales, categorías totalmente opinables. Como otras definiciones, sirvió primero para anclar un conocimiento, después para tener una referencia de actuación a la hora de sobrevivir y adaptarse y, finalmente, para control y sometimiento de las personas.     

Por eso, los vientos del feminismo diverso que oxigenan el clima asfixiante de los patriarcados de todo color deben servir también para oxigenar la conciencia de nuestra totalidad. No se trata de macho o hembra. Se trata de hembra,  macho y muuuuucho más. En definitiva, como dejó plantado Einstein, todo es energía y eso es todo lo que hay. Energía positiva y energía negativa viajando juntas en todas sus variadas formas de organización y manifestación.

A esa unidad de dos fuerzas opuestas y, a la vez, complementarias presentes en todas las cosas, se le ha dado en llamar yin yang. El término apareció por primera vez  en el I Ching o Libro de las Mutaciones, que es el más antiguo e importante texto de la filosofía y espiritualidad del pueblo chino.

Para los seguidores del Tao -disciplina filosófica y religiosa oriental- yin y yang son dos conceptos básicos que exponen el carácter dual de todo lo que existe en el universo. Así, cada ser, objeto, pensamiento posee siempre un complemento del cual depende para su existencia. Ese complemento existe dentro de sí. De tal modo, se deduce  que nada ni nadie existe en estado puro, ni en actividad absoluta ni en pasividad absoluta, sino en transformación continua.

Todos cargamos el significado de ying yang en nosotros mismos y en nuestra vida. Carl Gustav Jung -tan psiquiatra como chamán- nos señalaba que ambas energías existen por igual dentro nuestro y que, el hecho de que en cada persona una de las dos partes se haya desenvuelto más que la otra. lo era en función de una mejor adaptación al medio. Y sugerente, agregaba: así, por ejemplo, podemos suponer que la extroversión dormita en el fondo del introvertido, como una larva, y viceversa. 

La representación gráfica de las fuerzas yin y yang se conoce como taijitu, en chino, y es un diagrama representado por un circulo dividido a través de un línea sinuosa, en los colores negro y blanco.

Yin es el principio pasivo, femenino, nocturno, oscuro, frío. Es el lado izquierdo del círculo, en color negro.

Yang es el principio activo, masculino, diurno, luminoso, caliente. Está representado por el lado derecho del círculo, en color blanco.

Dentro de cada parte se observa un pequeño círculo de la energía opuesta. Con ello se simboliza lo que decía Jung, que lo contrario está ahí, latente, recordándonos la otra parte que somos y preparándose para ser plenamente y en expansión cuando tenga que ser.

Podemos decir que el yin representa cualidades como blando, curvo, redondeado, húmedo, amplio, asimétrico, contractivo. Y la energía del yang se traduce en lo duro, recto, angular, seco, estrecho, geométrico, expansivo.

Es obvio que todo está en constante movimiento. Y si ese todo es energía, es una energía en constante movimiento. Toda esa energía que somos nosotros también, es yin y yang originándose continuamente de la pura expansión infinita. Todos los fenómenos, se den dentro o fuera de  nosotros, tienen por origen una combinación entre yin y yang en diversas proporciones. Y ahí sucede que todos los fenómenos, desde nuestra emociones hasta el tiempo climático, son pasajeros, por causa de las constantes oscilaciones que se producen cuando se agrega un poco más de yang o de yin en el asunto.

La humanidad necesita pasar por un proceso de mayor desarrollo y experimentación de la energía yin. El patriarcado/macho/yang llegó a su punto máximo de expansión y con ello crea la necesidad de crecimiento de lo yin/femenino.

En  estos momentos, eso se está produciendo energéticamente. Aunque no hagamos nada para ello, a nivel del átomo, ya se realiza esa transformación. Porque la inteligencia de la naturaleza entiende que si se satura de una sola energía, se muere. Por eso, toda unanimidad es burra. La vida la garantiza el juego de las oscilaciones transformadoras.

Nosotros, como una expresión de la naturaleza, como una organización de átomos que se mueven con inteligencia, debemos usar esta para alinearnos con ese movimiento y auxiliarlo en su traducción social, cultural y política.

Para ello y por el hecho de ser depositarias de una energía yin más desarrollada, las mujeres tienen un papel protagónico en ese proceso. Mas deberán tener en cuenta que la expansión de lo yin y el mayor protagonismo de la mujer viene para compensar el exceso de yang y sus desvirtuaciones conceptuales y culturales. En ningún caso puede ser para anular la energía yang, que es una parte de la propia estructura energética de la mujer.

En tanto, los hombres lograrían realizar un bello aporte si tomaran conciencia de que estamos en una hora donde lo yang debe ceder un mayor espacio a lo yin, inclusive al interior del cuerpo y alma de cada hombre. En lo social para avanzar hacia una comunidad más equilibrada y, por tanto, más justa. Y en lo individual para proyectar una nueva idea de la masculinidad, hacerla más amplia, más completa, más complementaria con la mujer y el resto de los géneros habidos y por haber. Fundando entre todos un vínculo poderoso entre opuestos y complementarios, lo que Pitágoras denominó la alianza esencial.✤

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