Ponerle más alma al cuerpo


La vida en  nuestro planeta se materializó a un extremo tal que hizo de los humanos meros objetos. Comprables, vendibles, intercambiables, desechables. La manipulación fue tan arrasadora que las propias personas perdieron de vista su condición de sujetos. La materialización densificó todas la energías. Y las características sutiles del ser (sentimientos, valores, emociones, vocaciones, sueños, dignidad, etc) quedaron extraviadas en un limbo. Una colosal maquinaria subliminal las fue degradando cínicamente, vaciándolas de poder y ofreciendo sustitutos materiales donde la felicidad se oferta en el mercado, por unas pocas monedas, envasada en una botella de coca-cola. Bebe el elixir y serás feliz.

De adentro para afuera, de la intimidad subjetiva del ser para la objetividad de las circunstancias, se viene gestando, en latitudes diversas, un movimiento de transformación de la vieja y obsoleta civilización, traducido en rebeliones múltiples y caleidoscópicas, por aquí y por allá. Individuales, grupales, colectivas, se alimentan con un menú de las más variadas reivindicaciones. Ya no es el enorme lienzo blanco que clamaba en enormes letras negras por Paz, Pan y Trabajo, detrás del cual se encolumnaban macizas muchedumbres agónicas.  Ahora se multiplican los cartelitos multicolores con las más variadas demandas de gente sedienta de realización personal.

Es como si una murmurante procesión de hombres y mujeres que rogaban al cielo por el mínimo pan nuestro de cada día hubiera estallado en desfiles carnavalescos para exigir que los ríos de leche y miel del paraíso se derramen, abundantes, aquí en la Tierra y ahora. Hay un espíritu de re-evolución, todavía no traduzible a términos conceptuales, que anima a las personas a percibir, sentir, presentir la ineludible necesidad de resucitar los valores sutiles y libertadores del alma, todo eso tan invisible como real que trasciende la densidad limitante de la materia. 

Hartos ya de estar hartos de tanta mentira, engaño, abuso, sometimiento, postergación, discriminación, y de que los tomen automáticamente por idiotas, los cuasi-ciudadanos tratan de ensayar un  basta!!! sagrado que revele la urgencia de tener en cuenta a las personas en su cualidad de alma, única e irrepetible o, si se quiere en una versión más carnal, en su dignidad humana, y no como meros robots productores/consumidores funcionando en un círculo bobo de eterna insatisfacción.

En este plano terrenal, el cuerpo  nos resulta imprescindible para realizar lo que deseamos como alma. Somos un ser espiritual invisible pero poderoso con un vehículo orgánico y necesario. Toda práctica espiritual al margen de la materia terrenal es un estéril devaneo. Toda existencia exclusivamente material es el extravío total de nuestra identidad divina. Ser, aquí y ahora, es ejercer el equilibrio cósmico entre la materia y el espíritu. Vivir la experiencia en plenitud, en cuerpo y alma.

Pero acontece que el exceso de materia y el privilegio excluyente que se le ha otorgado al cuerpo, robotizándonos, cosificándonos, convirtiéndonos en mercancía, hoy nos obliga a exhumar nuestra esencia, eso sin lo cual nada de lo otro es alguna cosa, la esencia alma que todo lo anima. Se hace ineludible invertir la prioridad para alcanzar ese equilibrio, ponerle más alma al cuerpo. Es preciso, espiritualizar la vida, privada y pública. Sin connotaciones religiosas de ningún tipo y poniendo el foco en la singularidad álmica de cada ser. Teniendo siempre en cuenta que el alma es el jugador y el cuerpo la pieza. Sólo así podremos rescatar nuestro propósito de vida y darle un sentido digno a nuestra existencia. Que es algo infinitamente mayor que darlo todo por comida.✤


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